
Carola tenía todo el tiempo del mundo. Y además, si algo caracterizaba a Carola, era la constancia y la paciencia.
En los años 20 de su calendario gregoriano, los hombres habían construido el espigón, sin tan siquiera preguntar.
No importaba; para Carola no sería más que un suspiro.
Ninguna civilización había perdurado lo suficiente como para evitar los estragos que Carola terminaba por provocar en todos y cada uno de los espigones, puertos, muelles, rompeolas y terraplenes que los hombres -ahora- y cualquiera de las otras muchas civilizaciones -anteriormente- habían construido para alterar el natural flujo de la naturaleza en provecho propio.
Aun así el espigón era motivo de entretenimiento para Carola.
En el espigón conoció a Juan que, ya desde chaval, se apostaba para pescar sargos y doradas y que ahora, a sus más de ochenta años de edad, Carola acostumbraba a acercarle la pesca al anzuelo.
O el caluroso verano del 2003 en que conoció a Martina y Marina que, con 5 años cada una, corrían a lo largo del espigón mientras Carola jugaba a romper contra él para remojarlas con una fina lluvia de agua salada, y que en una fotografía en la que sus padres inmortalizaron a las tres -Carola, Martina y Marina – aparecían empapadas de cabeza a pies.

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